Reencuentro y libertad
Pasaron más de 10 meses para volvernos a ver... algo había cambiado. Sus ojos no eran los mismos, su piel, su olor... la vida lo había golpeado un poco y se le sentía cansado, solo a pesar de su compañía de siempre. Se le ocurrió aparecer cuando ya no lo esperaba, se atrevió a venir cuando ambos nos habíamos rendido... un abrazo nos dijo que era imposible olvidar lo vivido, que siempre estaríamos allí, el uno para el otro, trascendiendo las circunstancias, el tiempo, las personas, el amor...
- Qué quieres comer? me dijo. Y yo me reía de nervios, sin apetito.
- No quieres comer?
- No tengo mucha hambre en realidad, pensé que iríamos a comer, como otras veces.
- Vamos a tomar un café, dónde hay uno por aquí, estoy perdido.
Señalando a la derecha y a la izquierda -creo que por aquí hay un starbuck's- yo también estaba perdida... -vamos caminando a dónde sea, qué hacemos parados en esta esquina!.
Caminamos hasta el restaurante donde siempre quise comer, y le dije sonriendo: siempre quise entrar, me gusta el ambiente, el olor, las copas de vino. Entramos, nos dieron la carta. Entre tanta indecisión se aventuró a preguntar... hecho el pedido, siguió la conversación.
Hicimos un brindis con dos copas de vino, por el no sé qué del reencuentro.
... No sé en qué momento me dijo: quiero leerte un texto, aunque no tiene mucho que ver, y empezó:
“Cuentan que había una vez un señor que padecía lo peor que le puede pasar a un ser humano: su hijo había muerto. Desde la muerte y durante años no podía dormir. Lloraba y lloraba hasta que amanecía.
Un día, cuenta el cuento, aparece un ángel en su sueño y le dice:
- ¡Basta ya!.
- Es que no puedo soportar la idea de no verlo nunca más.
El ángel le dice:
- ¿Lo quieres ver?.
Entonces lo agarra de la mano y lo sube al cielo.
- Ahora lo vas a ver – Quédate aquí.
Por una acera enorme empiezan a pasar un montón de chicos, vestidos como angelitos, con alitas blancas y una vela encendida entre las manos-, como uno se imagina el cielo con los angelitos.
El hombre dice:
-¿Quiénes son?.
Y el ángel responde:
- Estos son chicos que han muerto en estos años y todos los días hacen este paseo con nosotros, porque son puros…
-¿Mi hijo está con ellos?.
-Sí, ahora lo vas a ver.
Y pasan cientos y cientos de niños.
-Ahí viene – avisa el ángel.
Y el hombre lo ve, radiante, como lo recordaba.
Pero hay algo que lo conmueve: entre todos es el único chico que tiene la vela apagada, y él siente una enorme pena y una terrible congoja por su hijo.
En ese momento el chico lo ve y viene corriendo, abrazando a su padre.
Éste lo abraza con fuerza y le dice:
-Hijo, ¿por qué tu vela no tiene luz?-¿no enciendes tu vela como los demás?.
-Sí, claro, papá, cada mañana encienden mi vela igual que la de todos, pero…¿sabes qué pasa? – Cada noche tus lágrimas apagan la mía.”
No sé en qué momento terminó, mi cabeza estaba en otro lado, la pena embargó mi mediastino - epigastrio causándome dolor, ése que no calma con analgésicos ni con alimentos... lo demás de la noche no importa. Si lloré o no, si tuvimos una especie de terapia juntos o discutimos, si caminamos de la mano o lo golpeé, si fuimos felices juntos o no, no fue trascendental. Regresé a mi guarida hospitalaria con la sensación de que era necesario dejar ir los recuerdos, las culpas, era momento de respirar profundo y dar un paso adelante.
El amor es una cosita inexplicable... se transforma de acuerdo a la circunstancia en una bailarina ligera y acompasada; en un zorro mirando un conejo listo para cazar; en la sonrisa de un bebé cuando reconoce a su madre; en un desesperado hámster dando vueltas en la rueda... es ternura, amistad, paciencia, locura, todas y ninguna de ellas... vale la pena sentirlo aunque traiga momentos tristes por añadidura, vale la pena sentir plenamente... y vale la pena darle tiempo al tiempo, que es la mejor medicina para todo.
Debo decir, gracias, por esa noche y su conclusión.
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